Fotografía de Man Ray

Fotografía de Man Ray
Espejos. Patios. Umbrales. Silencios. Ritos. Esquinas. Exilios. Naufragios. Horas. Otoños. Ventanas. Sombras. Enigmas. Pretéritos. Hay palabras que me enuncian. A veces las pronuncio en versos. En susurros o a los gritos. Para que no se mueran en mi boca. (Fotografía de Man Ray)

sábado, 26 de octubre de 2013

LOS RITOS DEL OTOÑO

Fotografía de Antonio Gil

CARTA XIII

Habrá algún lugar en mis adentros
en donde no me duelas.

Busco encontrar indemnes en mis mapas
una ochava, una esquina, el borde intacto
del vértice que une en la penumbra
las caras de mis íntimos poliedros.

(Sigo teniendo un alma forastera.)

Que no, que no hay cobijo en que no estés
agitando el pañuelo al despedirte
de lo que fuiste antes de ser quien somos.

Hubo un tiempo en que éramos risueños.
No siempre. Algunas veces.
A ratos nos reíamos
de las pequeñas cosas de la vida,
y también de las grandes.
Lo nuestro siempre ha sido
el reparto frugal del cotidiano.

(Lúcidos siempre fuimos, aunque pese
el contumaz delito del poema.)

Supongo - si algo debo suponer -
que nos volvimos tristes por opción.
Tristes como tus trenes, tus andenes,
tus raíles de pena y melancolia
que discurren la insana geografía
de mis yermos de olvido.

Espero que regreses a mis cauces,
lúgubre o jubiloso,
despidiendo centellas, como siempre,
por alumbrar la magnitud del caos.

(Como Whitman contienes multitudes.)

Mientras aguardo, a veces me pregunto
si habrá dentro de mí un cielo raso
donde el tiempo diseñe un arco iris
con frecuencias de luz y gotas de agua
en la pupila azul de la memoria.

(Habrá dentro de mí algún desierto

en donde lluevas.)


CARTA XII

Te desescribo cartas que he escrito
cuando usaba sandalias de buscarte,
cuando tu voz lucía pan y libro
y todas tus palabras eran viajes.

Después me fui quedando sin bolsillos
donde guardar los lunes. Los instantes
se volvieron astillas de los vidrios
que mis duendes pisaban por las calles

mientras buscaba el signo de los patios,
las farolas, la luna arrabalera,
tu voz en el envés de los silencios.

Desenhebro las cuentas del rosario
porque te fuiste y me quedé sin huellas,
sin hado, sin ritual, sin evangelio.  


CARTA XI

Hoy vuelvo de otro viaje al calendario.

Peregriné baúles
no más que por trapear reminiscencias,
airear las culpas y sacar el lustro
a una docena de remordimientos.

Es parte de los ritos del otoño:
pintar en sepia la ceremonial
reorganización de los naufragios.

En el arcón que alberga las discordias
entre mis hemisferios cerebrales
tu nombre acomodado en la oquedad
yacía entre extravíos y recuerdos.

(Unos y otras transitan los raíles del pánico.)

Te recordé com lástima por ambos.
Pena de ti, de mí, que no podemos
darnos la mano cuando es necesario,
ni el soplo de la voz ni el arrimo del hombro,
o prestarnos el pecho por sufrir la estocada.

Tan solo hay la noción vagamente entendida
de que en algún lugar el otro existe.

("Talvez aún exista"
sería la noción más razonable.)

De todos modos vengo a tus andenes
y celebro contigo mis rituales de otoño,
y cuento de baúles clausurados
en el desván de las perplejidades.

Vengo a decir que sigo en nuestro patio
en donde siempre es lunes y es diciembre
y llueve cada vez que me recuerdas.


martes, 13 de noviembre de 2012

ALMENDRAS AMARGAS



Fotografía de Hasan Zhurtov

CARTA X

De mí te cuento:
 En las manos llevo abismos. En los ojos llevo esperas.

Porque en el fondo sé que volverás.
De una u otra forma vuelves siempre
por los raíles
donde transita el tren de las penumbras.

Guardo tu nombre dentro de mi boca.
Tu nombre impronunciable
como un sigilo sórdido
o un voto místico.

(Hay casos que requieren adjetivos esdrújulos.)

Recuerdo cuando el tiempo era prohibido,
cuando callaba porque no me hirieses
y cuando por no herirte te mentía.
Cuando era cuerda.

Ahora digo como quien no dice,
como si lo que digo no importase.
Un telegrama sin destinatario
ni remitente. 

(Oscilará en las ondas del absurdo.)

Por eso escribo al borde de las lápidas,
desde mis cuatrocientas desconfianzas,
desde un lugar cerrado a cal y canto,
desde mi voz incierta,
sólo para decir:
lo que no sé de ti
sabe a almendras amargas.


AL BORDE DE LAS HORAS

(De la película Fresas Salvajes, de Ingmar Bergman)

CARTA IX

Desde hace mucho tiempo no te escribo
poemas de exhumar melancolías.

Vino la primavera con su boca.
Vino el verano con manos azules.
Todo ha pasado y no te dije: estoy
 tan cercana de ti por el lado de dentro
tan al ras del esbozo que tu sombra
dibuja en los caminos del crespúsculo.

No te conté que anduve atareada
cultivando milagros:
el niño y el jardín y los fractales
de nubes con su sabia geometría.

(Tampoco cuenta nada el pan al trigo
ni el vino a los viñedos
y son tan consecuentes.)

Vuelvo a escribir porque te he visto anoche
atravesar el filtro de mis ojos
tal y cual como eres: en el pecho rasgado
el campanario de una catedral,
en una mano el látigo, en la otra la pluma,
los minuteros ciegos
persiguiendo tardanzas en las venas.

Recordé que hubo un tiempo en que aún no existías.

Yo era visceral, como planta carnívora.
Usaba fuente bookman old style
de preferencia bold, corsiva, azul.
Era ágil, letal y literaria
como un frustrado predador hambriento
en selvas de papel.

(Entonces escribía
como quien tira una botella al mar). 

Pero llegaste con el campanario,
el látigo, la pluma, el reloj en la sangre,
y abandoné mi jungla por seguirte
en el oficio de cifrar palabras.

Ahora soy tan mansa que me bebo el tiempo.
Nómada en un desierto de minutos,
hasta me espanta el viento de la tarde.

(Por eso escribo sin otro propósito
más que reconciliar las paradojas.)

Son necesarias muchas cosas dentro
y dos o tres afuera
por dar a las palabras la silueta
de barco o de puñal o de clavel.
Pero yo, que soy simple como un número,
tan sólo necesito de dos alas
en vuelo raso sobre el mar bravío
seguido de un naufragio
de proporciones inconmensurables.

O entonces de algún código de enigmas
que no circule sino al borde de las horas.


(Sólo los dos sabemos que es de Bergman
el reloj de los Números del Tiempo.)

martes, 6 de marzo de 2012

AL SUR DE LOS NAUFRAGIOS

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Oleo de Mike Worrall

Destrozos de poemas naufragados


DÉJÀ VU

El sino del amor es travesía
y una se acostumbra a los naufragios.
 
CERROJOS

Tuve un amigo que me abría puertas
que llevaban a un mundo substantivo
de lógica brutal e infinita ternura.
Allende los cerrojos
el mundo era un lugar en donde estaba
en paz conmigo.

Tuve un amigo que cerró la puerta.

HORIZONTE

Esta mañana vislumbré destrozos
al sur de mis naufragios.

INTERMEZZO

Debo encontrar un río donde lavar mis túnicas.
Alguna orilla donde descalzar las sandalias
y sumergir los pies en agua de juncales.

Debo encontrar un árbol
donde ahorcar adioses.

SENSATEZ

Con prudencia enterró cada recuerdo
bajo un polvo asesino de memorias.

COMPAÑERO 

Cada vez que te veo caminar
recuerdo como eras cuando tenías alas.

REPROCHE

Cuando tu verbo oficia
rituales de crueldad en mis altares
quedan mis evangelios deshojados.

PREÑEZ

En el vientre de todo lo que quiero decirte
hay un verso latiendo
con nueve meses de germinación.

DESIDIA

Era un otoño vago y negligente
que se olvidó de deshojar los árboles.

PEREGRINAJE

Desde la nada hacia ninguna parte
viajaba en sus humanas paradojas.

MICRORRELATO

Por entre el ajetreo del tráfico, atravesó la bulliciosa calle del barrio comercial
y al alcanzar la otra acera no había allí escaparates sino un campo de girasoles.
La ambulancia había llegado demasiado tarde.


AL NORTE DE TU ALIENTO

Vidrio de René Lalique "Susana"

PENUMBRAS

Si yo tuviera un corazón de estepa
fundarías ahí tu territorio.

Mas en mi pecho hay un salón antiguo
lleno de piezas finas, delicadas,
que rematé pujando por otoños
en las duras subastas de la vida.

De un zarpazo destrozas los espejos,
desgarras los dibujos del brocado,
haces trizas mis vidrios de Lalique.

Resta incólume, a salvo de tus zarpas,
el cofre donde guardo las penumbras.


Oleo de Pablo Picaso

CARTA (VI)

Lisboa. Enero. Un año que comienza
bajo un signo de crisis logarítmica.

Vengo a contarte
las esperas en todos los andenes
y horizontes que nunca se acercaban
con tu nombre en la cresta.

Porque hay cosas de ti que aún no sé,
voy por tu piel escrita palmo a palmo
por encontrarte al filo de las sombras
enmarañado en versos.

Es medianoche en todos mis relojes.

Mientras suenan las doce en las ausencias
la Cenicienta urbana que me habita,
con jeans, Marlboro y garras sin barniz
pierde el zapato al borde de tu abismo.

Porque hay cosas de mí que aún no sabes
no entretejo gemidos, sólo trato
de engendrar esta carta por decirte
que preciso rasgar alguna seda,
un folio escrito o en blanco,
unos años de más y otros de menos,
viejas memorias, síntesis futuras,
el pañuelo, la alfombra, mi vestido,
cualquier cosa que cruja al deshacerse,
que grite, vocifere, gima, llore.
Necesito rasgar hondos pretéritos.

Es medianoche en punto en los colmillos
con que muerdo las horas.
Porque hay cosas de ti que aún no sé.
Porque hay cosas de mí que aún no sabes.


 Fotografía de Lena Sergeeva

ERA ADIÓS Y NO ERA

Ya sé que no habrá risas,
ni ternura, ni azul, ni confidencias,
ni claves enhebradas
que sólo el otro sepa traducir.

No hilaremos con manos conniventes
la sutil telaraña de la complicidad.

Todo serán umbrales subjuntivos.
Como si casi. Como por si acaso.
El bies de un todavía.

Talvez hables de mí en algún texto
con velado desdén, mal disfrazado enojo,
culpándome por nunca comprender
lo que hay de lenitivo en la crudeza
con que dices los cauces del dolor,
y ser tan distraída de las cosas
que no me escudo más que en los abrazos,
de tal manera inepta
para reconocer al enemigo.

Y de mí no sabrás que hay otras guerras
sin fusiles, ni muertos, ni batallas,
en que me empeño inerme y a destajo,
porque igual hay trincheras
en el prosaico mundo de los vivos.
Y es que a veces se lucha
no más que por el sol de cada día,
y en pugnas entre el pie y los trayectos
se va resquebrajando la bravura
si son muchos los soles
y se los ha vivido casi todos.

Ya sé que no habrá llanto
de misturadas lágrimas y miel,
ni la mano tendida, ni el hombro al que arrimarse,
o el pecho como un muelle en donde anclar.

No habrá pan ni rescate.

No habrá más que un umbral, por si las ganas,
mientras las ganas duren
la eternidad que tengan que durar.


"El bosque de los sueños". Fotografía de Cristina Alemparte

FUE ASÍ

Fue así: una especie de desorden
en el flujo del tiempo.

Insólito y absurdo.
Un águila con vértigo de alturas.
Un pez con miedo mórbido del agua.
El personaje cuyo nombre huérfano
no se encuadra en la propia biografía.

Y sin embargo
hubo algo de bello y sorpresivo
como una iglesia gótica en la playa,
la nieve en la planicie de Castilla,
el vuelo de los cisnes sobre un lago.
O entonces Times Square cuando anochece.

A veces fue pletórico
como un viñedo en tiempo de vendimia
y el olor de la tierra cuando llueve.
O más bien el Concierto de Aranjuez
en jazz, por Miles Davis.

Fue así. Y de pronto no fue nada.
Fue como si jamás hubiese sido.


"Elle", Fotografía de Merrow

EN PRIMERA PERSONA DEL SINGULAR

Nunca quise ser pájaro.
No sé por qué insisto en mantener las alas.

Por decirlo sin sombra de retórica
me acomodo de bruces en algo que amenaza
ser una reflexión de orden sensorial:

Acabo de instalar en el teléfono
un poema sinfónico de Liszt,
donde se infiere un ego dimitido
de mi generación Kerouak-Ginsberg.

Hay otros síntomas:
Me pienso samurái en un bosque de espejos.
Navego el tragaluz en un barco sin quillas.
Sólo me falta para ser otra persona
que me compre una casa en la Toscana.

Nada de eso estaba en lo previsto
cuando dejé mis márgenes
llevándome un olvido de la mano,
paraguas –por si llueve–
y mis pañuelos de decir adiós.

Llegué despaginada al otro lado
de mis cincuenta y siete travesías.
Mejor asumo que desvié la brújula
y me dejé caer en el sistema.

Deberían vender en algún sitio
un manual de existencia que enseñe una mujer
a no desescribir su propia historia.

(Lo que hay de impudicia en los poemas
es que una habla siempre de sí misma).


Fotografía de Alexander Vedernikov

CENDAL

De una tumba a un destiempo
trenzamos un cendal de paradojas.

No existe en el diseño de mis mapas
un territorio abierto a las colmenas:
si fueses miel yo no sería boca.

Si fueses fuente no sería sed.

Por otro lado
(hay siempre el otro lado de la hipótesis)
no existe en el rondel de tus esferas
vía para mi elíptico trayecto.

Si fuese cumbre no serías cóndor.
Si fuese fiera no serías caza.

Sin embargo
(hay siempre un sin embargo al quemar naves)
al pensarte veneno, sal, resina,
qué lástima me da que no haya sido.


Fotografía de Constanza Puente

CUANDO

Quisiera estar ahí
cuando es diciembre y lunes,
y llueve sobre el patio;

cuando en las madrugadas
conversas con los árboles
por contarles insomnios y agonías,
y estrenas alboradas redentoras
en esos días que nacieron muertos;

cuando la tenue luz de una farola
desdibuja tu sombra en las ochavas
y la noche asomada a los portales
cuida tus pasos;

cuando tu perro, a guisa de filósofo,
profana los altares
donde ciego, inmortal, vivía Borges
y te llena de ira y desconsuelo
esa imprevista forma de penuria;

Quisiera estar ahí cuando estás loco,
cuando me quieres tanto,
cuando a veces me odias,
y latigas mi espalda entre dos credos,
y entrelazas tu nombre en mis enigmas.


Fotografía de Lena Sergeeva

ENTRE DOS GUERRAS

Me acerco entre dos guerras, cuando emergen
de los despojos ánforas añejas
y el vino a sorbos sabe a un armisticio,
un credo entre silencios.

Reposan los corceles de mis tribus,
que en un tropel de cascos, de entre el polvo,
rescataron tu nombre.

Entre dos guerras vengo,
niña y desangelada,
sin manual de instrucciones para el miedo.


Fotografía de Tamara Andreeva

SOMBRAS

Mi sombra velará tu sombra donde
discurra el vago rumbo de los párpados
el tiempo con su séquito de otoños
y seguirá la impronta de tus huellas
que un día fueron brújula, cuadrante
y arca de los lúgubres desechos
en la odisea que emprendí sin mapas
hacia el borroso sur de mis naufragios.

Donde tu sombra esté, grave y remota,
mi sombra –de tu sombra consecuencia–
allí estará, al borde de la tuya,
por andar de tu mano los zaguanes
que llevan al envés de los enigmas
y recorrer contigo paso a paso
los páramos de hielo del olvido
y el infierno voraz de la memoria.


Fotografía de Elena Yasinovo

GERUNDIO

No es el olvido lo que yo creía:
vastedad de vacíos subsecuentes,
la incógnita despejada
en mi ecuación mental de utilidades.
No es mantel de ceniza recubriendo
migajas de un banquete consumido
o niebla que se extiende hacia la línea
de un horizonte al que volví la espalda.

Que no. Es un aguaje reincidente,
un vendaval que arrastra los despojos
de un antiguo naufragio
hacia la soledad de mi egoísmo.

O más bien un hachazo
que escarba grietas
en lo intangible.

Olvidar es asir esa condena,
perpetua, inexorable, reiterada.
Una no olvida: una se va olvidando.
Construcción absoluta, estado durativo,
es un gerundio
eternamente
siendo.

domingo, 30 de mayo de 2010

OFICIANDO EL RITO DE ENREDAR LAS HORAS

Fotografía de Lena Sergeeva

NAUFRAGIOS DE DOMINGO

Hay un puñal que hace la piel en trizas.
Hay un incendio que destruye el trigo.
Y un sueño malo viaja por caminos
donde corren los días.

En la curva engañosa de la brisa
un barco se perdió de su destino.
Hay extraños naufragios de domingo
en otras avenidas.

Con el ala quebrada
un viejo afecto yace en los alambres
y se muere en las púas de las horas.

Hay que acunar el alma
porque un puñal de adiós rasga la tarde,
porque un fuego de olvido arde en las rosas.


Gianni Strino



NO FUIMOS MÁS QUE DOS

No fuimos más que dos y un evangelio
manuscrito en versículos herejes,
un dúo de demonios penitentes
adicto a descifrar los sortilegios.

Éramos los guerreros de un ejército
de ángeles con cruces en la frente,
una obstinada multitud de jueves,
una constelación, dos hemisferios.

Pájaros rescatados de la ciénaga,
una bandada en vuelo sobre el patio,
ahora soterrada en los escombros.

Quedó una dinastía de aves huérfanas.
No fuimos más que dos, y éramos tantos.
No fuimos más que dos, y éramos todo.



Fotografía de Lena Sergeeva

RONDA

Es demasiado tarde para escribir poemas.
Una noche tan alta, tan tardía,
tan medianoche en todos los relojes
que ni los gestos mojan las palabras.

Pero igual vengo
del techo revestido con madera,
de los estantes donde duermen libros,
del sofá con el molde de mi talla,
la luz de la mesilla,
y de dos jarras que compré en Venecia,
que corrí a comprar justo cuando partía
rumbo a algún otro puerto
porque el verano había terminado.

Vengo, ya ves, también de las memorias.

Vengo desde los mismos trastes mansos
con su cariz de viejas cosas mías,
su color sepia,
su olor a pino.

Vengo de verso en verso
tanteando la anchura de la noche
hasta tu patio y rondo las ventanas
que por no verte
traigo perros hambrientos en los ojos.


Van Gogh


CUANDO ESTOY TRISTE ME TRANSFORMO EN ÁRBOL

Cuando estoy triste, cuando estoy muy triste,
se me brotan ramajes del costado,
sobre mi piel se extiende una corteza
y vigas de madera son mis brazos.
De mis cabellos cuelgan hojas mustias
sin esperanza verde en nuevos vástagos
ni consuelos de azul sobre la fronda
que el corazón dibuja en el espacio.

Cuando estoy triste, cuando estoy muy triste
nacen del cuenco agreste de mis manos
las almendras amargas del silencio
y una savia de hiel corre en los tallos.

Expuestos al rigor de la intemperie
dentro y fuera de mí tiemblan los pájaros
que anidan en las cruces de mi leño
de surcos boquiabiertos, asombrados
de lo cuánto el dolor me vuelve espesa.

Cuando estoy triste me transformo en árbol.




Mike Worral

VENDAVAL

Alguien está soñando que es un ramo
que se quiebra en la cruz de mi baluarte,
en el telón del sueño hay un aguaje
donde se ahoga aquél que me ha soñado.

A su sepulcro llevo años de llanto
reseco y escondido en los costales,
es una paradoja mi semblante
e incertidumbres fluyen de mis manos.

Un vendaval y yo y un muerto ajeno,
ambos sin equipaje ni apellido,
compartimos idéntica intemperie.

No sé si el sueño es mío o si algún muerto
desde su soledad sueña conmigo
y me ve triste dentro de su muerte.


Lilya Corneli


SI TE VAS

Si tú te vas primero me suprimo
del escenario nuestro y absoluto,
mis pies se olvidarán de ese camino
que lleva a nuestra casa, a nuestros muros.

Por si acaso te vas me desdibujo,
me vuelvo sombra de tu sombra, al borde
de las alas de un pájaro nocturno
he de emigrar hacia un lugar sin nombre.

Si me dejas envuelta en ese enorme
asombro que tus manos no atemperan
me incrusto en la madera de los robles,

me cambio en mineral entre las piedras,
me elimino de mí, borro mis trazos,
seremos tú y yo silencio exacto.




Kimberly Dow


QUIEN MUERE

Para decir los cauces del absurdo
habría que esculpir nuevos vocablos
con talle de cincel, a fino trazo,
gráciles como juncos.

Pero si toca hablarnos con los puños,
el corazón y el verbo acorazados,
por no enfrentarnos con saeta y arco
mejor quedamos mudos.

Si aguzamos el filo de los sables
para asediar del pecho las almenas
y desangrar la carne,

más vale erguir un muro entre los verbos
porque de un lado al otro no se vea
quien se muere primero.




Ben Snijders

JUEVES

Este jueves nació equivocado.
Hay tardanzas pendientes de las horas.
Un rosario de enigmas
se retuerce en la piel de la mañana.

Este jueves se arrastra hacia mis manos,
en minuteros húmedos resbala
y tropieza en la ronda del reloj.

Mientras no se deshacen
los pliegues de la noche
enmaraño conjuros de verano
que me protejan de decir tu nombre
en la trinchera última del pecho
donde se despedazan las alas de los pájaros.




George Pierre Seurat

SIN TIEMPO

Un día te despiertas sin tiempo entre las manos.
La noria de los días no susurra
más que pretéritos
en las voces del agua:
lo que pudo haber sido y lo que fue.

Qué escaso porvenir cada mañana.
Qué poco sobra para tanto olvido.

Ahora hay que apurarse en ordenar
el saldo de una vida.
Despejar los baúles de innecesarias brújulas,
secar la lluvia que quedó en los párpados,
limpiar de los recuerdos sus auréolas,
descartar cicatrices
que sobrepasan el tamaño de la herida,
borrar nostalgias sin coincidencia
con las inmensas penas que causaron,
dejar durmientes en sus signos mudos
a acuarelas y gárgolas.

Hay que buscar la lápida
en donde enterrarás tus evangelios.


Egon Schiele

CAMBALACHE

Y de pronto una estrofa -¿y por qué no?-
una sola, febril, desaseada,
violenta y sudorosa,
sin pesares ni duelos,
como un flechazo justo en la pupila,
que muestre los engaños y perjurios,
el desfalco que hice en mis verdades,
los sueños disipados,
mi falta de piedad, mi indiferencia,
el fraude en el amor, el cambalache
que perpetré en mi propia biografía,
una estrofa que nazca en mis entrañas
y se enferme en la sílaba penúltima
y muera en la penúltima frontera:
hay siempre otro sonido allende el canto
y un nuevo territorio allende el verso.


Gustav Klimt

CORAZÓN DE PATIO

Resuena en este corazón de patio
con ángeles de vidrio en sus almenas,
muros de piedra y cal y enredaderas,
tu voz como un presagio.

La escucho en el tropiezo de mis pasos
en las rayuelas rotas de la espera
donde se enmarañó mi sombra vieja
al ras del calendario.

Me habla con su signo de demoras
cuando el viento sisea sus fatigas
al norte de mis ejes.

Y me dice que al margen de las olas
me nombra, en el azar de sus enigmas,
un hombre a la intemperie.



Bernhard Gutman

HUBO UN TIEMPO DE ESPEJOS Y DE PATIOS

Hubo un tiempo de espejos y de patios,
de umbrales y silencios,
de ausentes generosos que volvían
si el echarles de menos
fuese un nudo en el bies del horizonte.

Pero fue antes
cuando los ángeles
eran los pensamientos de aquellos que me amaron.

Ahora no.
Ni siquiera los versos me acompañan
en la escasez del cielo
sobre el tejado.

jueves, 14 de mayo de 2009

YO TE DIRÉ EN VERSOS


La poeta ha logrado plasmar en versos de exquisita factura, sin excentricidades, con un léxico preciso y hasta con cierto laconismo pero con una fuerza poética insoslayable, su pensamiento y su sentir acerca de todo aquello que conforma la materia de los problemas fundamentales del hombre: el amor, el destino, la muerte. En la obra de Tania Alegria encontramos el goce del verso y la armonía de una obra poética construida con talento y belleza. La poesía de una dama.

Rafaela Pinto, poeta y escritora (Argentina)




LEGADO

Cuando me vaya
en un rincón del sótano
hallarán un arcón viejo de roble
con el modesto saldo de mis bienes:
mi legado de trastos
exento de tributos.

Nunca guardé por más de una semana
cartas de amor,
tarjetas con ausencias,
números de teléfono,
fotografías.
No encontrarán ninguna flor ajada
en las vetustas páginas de un libro
ni servilletas sucias con poemas.

En el baúl de avíos ya sin uso
hay un par de zapatos de charol
que llevaban mis pies para encontrarte
(nadie se enterará de que eran alas);
algunas joyas falsas, relucientes,
como mis ojos cuando te veía;
ropas fuera de moda
en donde no verán
–porque no son visibles los recuerdos–
la impronta de tu abrazo en mis vestidos.


SIEMPRE QUE MUERO

Siempre que muero, muero de naufragio:
una ilusión mayor, más atrevida,
buceo hondo y róbame la brida
la muerte sin presagio.

Se me veda el derecho de sufragio.
Me encuentra por usual desatendida
cuando viene, avarienta y travestida,
la suerte por su agio.

Por lapso o negligencia
me ahogo ingenua y dócil, con confianza.
Usualmente perezco de inocencia.

Sucumbo de añoranza,
de ingratitud, de olvido, de inclemencia.
Hay veces en que muero por venganza.


DE ENCRUCIJADA

Estoy como quien va, mochila a cuestas,
como quien viene mas no llega nunca,
viajera de pretéritos instantes,
estoy de paso,
estoy de encrucijada.

Dejo vestigios, ecos de penurias,
mi sangre aún escurre por la acera
y en cada esquina, bajo la farola,
hay charquitos de llanto malsufrido
que olvidé de beber antes de irme.

Tal vez me encuentres –si me buscas mucho–
en algún puerto, un bar de mala muerte,
donde apuesto en los naipes que te olvido
y siempre pierdo.


YO TE DIRÉ EN VERSOS

Yo te diré en versos pues consta que la prosa
requiere todavías ajenos a los cómputos
de las ramas que el viento deshojó.

Yo te diré en versos que ya fuimos dioses.

Llevábamos miradas luminosas
y las manos abiertas como cálices
donde cabía el vino de otros vasos,
nuestras palabras cómplices y alegres
recorrían a tientas los senderos
buscando madreselvas redentoras
por rescatar los muros
de su desamparada soledad.

Yo te diré en versos que fuimos Nosotros.

Mas un día partiste hacia un ocaso
donde se inauguraban los pretéritos.
Debí ordenar al clan de mis fantasmas
que mantuviese abiertos los caminos
porque se me adentrase por los párpados
ese polvo asesino de distancias
que se eleva del suelo
cuando tu voz galopa los crepúsculos.


VENGO A MATARTE

Vengo a matarte.
Tardé en decidirme los dos siglos
que pasé recitando un soliloquio
ante el espejo.

Tengo sienes de cal de tanto odiarte.

Se me escurrió la piel sin credo que la asiese.

Descarnada por dentro, abyecta, despojada,
la lengua en hiel diluida, disuelta en improperios,
con la boca repleta de blasfemias,
vengo a matarte
aferrando con mano de homicida,
este puñal de versos.

(De InVerso, RiE - Redactors i Editors, S.L., Valencia, España, 2008)